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jueves, 12 de septiembre de 2013

Así empezó...

Seis cincuenta p.m. Llego antes. Soy un manojo de nervios incontrolable, me sudan las manos, las pongo sobre la mesa y se quedan marcadas, tiemblo.

Eres tú el que lo provoca, siento que exploto.

Creo que visto muy formal y "pinky lady". Blusa rosa de manga larga, pantalón de vestir negro y zapatillas de tacón de charol rosa a juego. Le doy vueltas al anillo de siete aros.

Me viene el recuerdo a la mente de cómo te conocí. Fue un error de dedo al mandar un mensaje de texto a un amigo. Traté de escribir el número de memoria y me equivoco en el número final. Mi sorpresa fue que respondieras el mensaje de un número desconocido. ¿Qué decía el sms? "¿Te espero para comer, cielo, o empiezo la sopa sin tí?".

Diez minutos después suena el móvil y escucho una voz desconocida diciendo "No puedo permitir que una dama coma sola".

Empezamos a platicar y una hora después, ya no eras un completo extraño. Te ofreciste a acompañarme a comer y llegar al lugar donde estaba. Te dije que no, de algún modo eras un desconocido todavía. Terminamos la llamada, noventa minutos después.

Cinco horas más tarde, recibí un mensaje tuyo deseándome feliz noche, lo respondí. Ahí empezó todo.

Al día siguiente a las ocho cuarenta y cinco de la mañana, recibí tu primer llamada, justo a la hora que llegaba a la oficina. Empezamos una peculiar relación telefónica/sms. Nos conocimos por voz y por letras. Contigo era todo en siete.

Me llamabas a las siete de la mañana para recordarme tomar la pastilla para la tiroides y de paso eras mi despertador, me llamabas siete veces al día, por siete minutos y enviabas siete mensajes de texto, siete días a la semana. Hubo una llamada de siete horas de tu teléfono celular al mío que empezó a media noche y terminó a las siete de la mañana, donde concebimos el concepto de eternidad, nuestra eternidad: siete minutos. Lo que tardábamos en fumar un cigarro. De ahí nació tu apodo, que usaría para referirme a ti a partir de ese momento, después de robarme el sueño.

Recuerdo que ese día me tomé la pastilla, me bañé y me fui a trabajar. Quince minutos después de llegar a la oficina, recibo un café y un desayuno ligero, enviados por ti, con una tarjeta que decía: Bandido. 

¿Cómo no sentirme atraída y conquistada por ti? 

Siete semanas después se dio el momento de conocernos físicamente. El día siete de la semana a las siete de la noche. 

No tenía ni la más mínima idea de cómo eras físicamente, sólo un dato revelaste de ti: eres alto, mides un metro con noventa y un centímetros. Sólo una cosa sabías de mi: tengo el cabello rizado.

Siete en punto. Llamas al celular para avisar que ya estás en el lugar de la cita, preguntas donde estoy sentada, al responder, escucho tu voz atrás de mi diciendo - Ya te vi.

Y ahí estás: alto, apiñonado, delgado, ojos oscuros, manos largas y delgadas, facciones finas y delicadas, jeans, camisa azul eléctrico y saco negro. Pareces modelo sacado de portada de revista. 

Me miras, me sonríes, me das un beso en la mejilla a modo de saludo, dices hola y te sientas. Pones la mano en la mesa, tiemblas, sudas, estás nervioso, lo notas.

Me preguntas: - ¿Hace mucho que me esperas?
Respondo: -Toda la vida.