lunes, 13 de mayo de 2013

Cobarde

No sé de que otra forma referirme a ti.

No, no estoy enojada, mi vida, solamente decepcionada.

Aclaro, no es tu culpa, no hay culpables, sólo responsables y en este caso, soy yo.

Si, yo y mi estúpida ilusión rosa, esa necesidad (¿o necedad?) de idealizar al hombre para convertirlo en muso y elevarlo a niveles que tal vez, ni siquiera él se imagina.

Tendrías que haberte visto con mis ojos, desde esa parte de mi cerebro que se obnubila cuando se enamora, desde el corazón que aceleraba sus latidos cuando te veía, desde los pulmones que cortaban la respiración al detenerse por segundos cuando te escuchaban, de esa sensación química en mis vísceras que yo les llamé mariposas por que revoloteaba algo indescriptible en mis entrañas cuando sentía tu energía, desde esa descarga eléctrica que recorría todo mi cuerpo provocando que mi epidermis temblara con tu contacto. 

Tendrías que haber visto el amor en mis pupilas cuando hablaba de ti, incluso como me cambiaba la voz al mencionar tu nombre, tendrías que haber visto mi sonrisa que aparecía nada más de recordarte, también el rubor de mis mejillas.

Supongo que supiste o sabes, todo lo que me inspiras, cómo y en que dimensión. Tendrías que haberme leído, a mi y a mis letras, para tener la certeza absoluta.

Hoy puedo decir que no te importa, que nada te interesó. Que mis arranques de detalles tiernos, esos destellos de magia por instantes, mi romanticismo incurable, mi tinta a deshoras, mi mundo musical, mi risa fácil, mis ocurrencias y mi sencillez para ver la vida, se convirtieron en suspiros y se fueron con el aire. 

¡Qué triste que le tengas miedo al amor, a mi amor  y a las maravillas que éste puede hacer por ti (y contigo)! 


¿Por qué tienes tanto miedo de amarme, enamorarte y entregarte a mi?

Sólo déjate fluir y notarás que puedes vibrar con el sonido de mi voz en tu oído, el aliento de mi boca en tu cuello o el roce de mis dedos deslizándose por tu espalda. Déjate sentir y despegarás los pies del suelo y empezarás a volar.


Pero no, eso no pasará. ¡Te falta valor! ¡Tu miedo se convirtió en pánico! Un pavor irracional a ser lastimado, como si no fuera eso parte de la vida en algún momento. Levantaste unas murallas enormes, que no pude franquear, si acaso, sólo visualizar lo que había del otro lado. Y con todo y las sombras, me gustó.

Tu extraña mezcla de soberbia y explosividad, con un hermetismo innecesario, tu agresividad, tu rigidez, tu manera de ver el mundo complejo diciéndome abiertamente que soy muy simple, tu frialdad, tu mente maquiavélica, no me las compro, mi vida.

Soy traductora, así que puedo traducir algunas de tus actitudes.

Eres un niño emberrinchado por que este girasol es tan distraído que no se da cuenta cuando se oculta el sol y también se abre a la luna y gira para ver las estrellas, cuando sólo tendría que ser tuyo, mi sol.

Puedo oler tu miedo a mi, a este vuelo nocturno que puede desnudar tu alma con solo tocarte las manos, que puede ver atrás de tu mirada y adivinar lo que sientes, que ha visto y sentido al hermoso ser humano que eres cuando dejas de lado todas tus barreras. Te confieso que amo cuando tu frío invierno se derrite con mi ardiente verano.


Soy apasionada, impulsiva, intensa, cariñosa, entregada, leal  y lo sabes y tienes miedo de sentirte vulnerable, de  experimentar lo que es sentirse amado a plenitud, con todos tus defectos, pero también con tus virtudes,  por alguien como yo. Con sensibilidad a flor de piel y amor fluyendo por todo mi ser. Entre otras cosas, que tu ya conoces. 


No es reproche, mi vida, solo quería que lo supieras. Mis expectativas de ti eran altísimas, estabas en un pedestal y diste un paso en falso, mal pensado y te caíste. Y ese ángel perverso, se convirtió en un mortal. Ángel, demonio, dios u hombre, no importa, yo sólo quería que me amaras.



Un minuto de silencio por aquellos amores que se nos van por no arriesgarnos.