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miércoles, 13 de marzo de 2013

Mi amor.


Jamás pensé que llegaría amarte tanto y sé que puedo hacerlo aún más.

Estoy mirándote, sentado de espaldas a mí y pienso “¿cómo Dios puede crear un ser tan perfecto?” Después volteas y con la miel de tu mirada endulzas todo lo amargo que puede haber en alguna parte de mi ser, sonríes y en ese momento no hay nada más importante para mi en todo el universo que tú. Pero cuando ríes, cuando fluye de ti esa risa cantarina y cristalina, vibra todo mi ser de saberte feliz.

Hace casi dos años que descubrí el amor a primera vista, y te confieso, ya te amaba antes de conocerte. Te esperaba con ansias y por fin llegaste.

Llegaste a derrumbar todos mis miedos y mis ataduras, a cambiar mi mundo y pintarlo de color, llenándolo de nuevos sueños y emociones.

Verte dormir y acariciar tu cabello, rozar tu frente con la punta de mis dedos y decirte en silencio “te amo” y besarte aunque tal vez no lo sientas, es algo tan mío que no lo cambiaría por nada más.

No hay algo que se compare a la felicidad que me producen tus besos, tus abrazos, tus caricias, tus palabras y el ver como te acercas a mí, como me buscas y me llamas.

Sé que no eres mío, que eres prestado por algún tiempo. ¿Cuánto? Aún no lo sé, algún día te irás de mi lado, pero mientras llega ese momento disfruto intensamente cada uno de los instantes que la vida me regala contigo.

Tengo en mi memoria tantos detalles tuyos que se han ido tatuando en las fibras de mi alma para siempre, algunos, tal vez se desvanezcan, pero lo que jamás podré olvidar, fue la primera vez que escuché tu voz y la primera palabra con la que te dirigiste hacia mí: “mamá”.

* Para Alan, mi regalo de Dios en la tierra.